Roger Waters, entrevistado por Rafael Correa.Este último sería de "la periferia" mientras el ex bajista de Pink Floyd sería, en aquel viejo esquema, del "centro". Hoy ambos son ladrillos que se han desprendido de La Pared para formar parte del Puente que está uniendo ciudadan@s de buena voluntad en todo el mundo para terminar con la mala educación y el mal sistema que de ella se alimenta. Dice el británico en la nota: "Necesitamos educación, lo que no necesitamos es propaganda"

Defensor de los derechos humanos frente al poder que los avasalle, en Argentina apoyando la búsqueda de justicia por los desaparecidos y tomando partido por Malvinas; contra todo poder hegemónico destructor de ciudadanía y humanidad, Roger Waters en diálogo de altura con Rafael Correa.

Navegar en las redes para encontrar fragmentos de discursos decoloniales. Algo parecido a la verdad, o más verdadero siempre aparece.

Contra la verdad impuesta a sangre y fuego y a puro bombardeo mediático multiplicado al infinito por la prepotencia comunicacional; a través de mentiras repetidas sin descanso; buscar en los pliegues de la superficie desinformante es tarea previa a cualquier lectura de la realidad.

Arte, verdad, y política. HAROLD PINTER, dramaturgo inglés crítico de varios gobiernos del Reino Unido, desgrana aquí su visión descarnada del poder norteamericano, al recibir el Premio Nobel de literatura en 2005. Son fragmentos de su discurso en los que luego de dar un mensaje didáctico sobre su arte va a fondo sobre el tema de la verdad perdida en el discurso dominante y deconstruye los mecanismos de esa perversión.

 Discurso de aceptación del Premio Nobel, 2005

"En 1958 escribí lo siguiente: "No hay distinciones absolutas entre lo que es real y lo que no lo es, ni entre lo que es verdadero y lo que es falso. Una cosa no es necesariamente o verdadera o falsa; puede ser a la vez verdadera y falsa." Creo que estas afirmaciones todavía tienen sentido y todavía son aplicables a la exploración de la realidad por medio del arte. Me atengo a lo que allí afirmé en tanto que escritor, pero en tanto que ciudadano no puedo. En tanto que ciudadano tengo que preguntar: ¿qué es cierto? ¿qué es falso?

(...) El lenguaje político, tal como lo usan los políticos, no se aventura para nada en este territorio, ya que la mayoría de los políticos, según la evidencia disponible, no están interesados en la verdad sino en el poder, y en mantenerlo. Para mantener el poder es esencial que la gente permanezca ignorante, que vivan ignorando la verdad, incluso la verdad de sus propias vidas. Lo que nos rodea, por tanto, es un inmenso tapiz tejido de mentiras de las que nos alimentamos. Como sabe cada uno de los aquí presentes, la justificación para la invasión de Iraq fue que Saddam Hussein poseía un complejo altamente peligroso de armas de destrucción masiva, algunas de las cuales podían dispararse en 45 minutos, provocando una devastación atroz. Se nos aseguró que esto era cierto. No era cierto. Se nos dijo que Iraq tenía relación con Al Quaeda y compartía la responsabilidad de la atrocidad cometida en Nueva York el 11 de septiembre de 2001. Se nos aseguró que esto era cierto. No era cierto. Se nos dijo que Iraq era una amenaza para la seguridad del mundo. Se nos aseguró que esto era cierto. No era cierto. La verdad es algo completamente distinto. La verdad tiene que ver con la manera en que Estados Unidos entiende su papel en el mundo, y cómo elige llevarlo a efecto.

Pero antes de volver al presente querría echar una mirada al pasado reciente; me refiero con esto a la política exterior estadounidense desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Creo que tenemos la obligación de examinar este periodo siquiera sea someramente, que es todo lo que el tiempo nos permite aquí. Todo el mundo sabe lo que sucedió en la Unión Soviética y en toda Europa del Este durante el período de posguerra: la brutalidad sistemática, las abundantes atrocidades, la supresión férrea del pensamiento independiente. Todo esto se ha documentado y verificado de modo exhaustivo.

A lo que voy aquí es que los crímenes de los EE.UU. en el mismo período se han registrado sólo de un modo superficial; no se han documentado, y cuánto menos se han confesado, cuánto menos se han identificado siquiera como tales crímenes.

Creo que esta cuestión debe tratarse, y que la verdad sobre ella tiene una relación bastante directa con la situación actual del mundo. Aunque constreñidos hasta cierto punto por la existencia de la Unión Soviética, las acciones de Estados Unidos por todo el mundo dejaron claro que habían concluido que tenían carta blanca para hacer lo que gustasen.

La invasión directa de un estado soberano nunca ha sido, de hecho, el método favorito de América. En general han preferido lo que han descrito como "conflictos de baja intensidad". "Conflictos de baja intensidad" significa que mueren miles de personas, pero más despacio que si les echases encima una bomba a todos de golpe. Significa que infectas el corazón del país, que estableces un tumor maligno y miras cómo florece la gangrena. (...)La tragedia de Nicaragua fue un caso muy significativo. Quiero presentarlo aquí como un ejemplo elocuente de la manera en que América concibe su papel en el mundo, tanto entonces como ahora. Yo estuve presente en una reunión de la embajada norteamericana en Londres a finales de los ochenta.

El Congreso de los Estados Unidos estaba a punto de decidir si dar más dinero a los contras en su campaña contra el Estado de Nicaragua. Yo era miembro de una delegación que hablaba a favor de Nicaragua, pero el miembro más importante de la delegación era un tal Padre John Metcalf. Encabezaba la delegación estadounidense Raymond Seitz (entonces era el número dos de la embajada, luego fue embajador en persona). El Padre Metcalf dijo, "Señor, yo estoy a cargo de una parroquia del norte de Nicaragua. Mis feligreses han construido una escuela, un centro de salud, un centro cultural. Hemos vivido en paz. Hace unos pocos meses, los contras atacaron la parroquia. Destruyeron todo: la escuela, el centro de salud, el centro cultural. Violaron a las enfermeras y maestras, masacraron a los médicos, de la manera más brutal. Se comportaron como salvajes. Por favor, exija que el gobierno de los EE.UU. retire el apoyo a estos actos terroristas inaceptables". Raymond Seitz tenía muy buena reputación como persona racional, responsable, culta y refinada. Era muy respetado en los círculos diplomáticos. Escuchó, calló un momento y luego habló con cierta gravedad. "Padre", dijo, "Me va a permitir que le diga una cosa. En la guerra, siempre sufren los inocentes". Hubo un silencio glacial. Lo miramos fijamente. No movió un músculo. En efecto, siempre sufren los inocentes. Por fin alguien dijo: "Pero en este caso 'los inocentes' eran víctimas de una atrocidad horripilante subvencionada por el gobierno de usted, una entre muchas. Si el Congreso concede más dinero a los contras, tendrán lugar más atrocidades de este tipo. ¿Acaso no es así? ¿No es por tanto su gobierno culpable de apoyo a actos de asesinato y destrucción en la persona de los ciudadanos de un Estado soberano? Seitz siguió impertérrito. "No estoy de acuerdo en que los hechos tal como se han presentado apoyen estas afirmaciones", dijo. Mientras salíamos de la embajada, un auxiliar me comentó que le gustaban mis obras de teatro. No contesté. Hay que recordar que por entonces el presidente Reagan hizo la siguiente aseveración: "Los contras son el equivalente moral de nuestros Padres Fundadores". Los Estados Unidos apoyaron la brutal dictadura de Somoza en Nicaragua durante más de cuarenta años. El pueblo nicaragüense, liderado por los sandinistas, derrocó este régimen en 1979, en una revolución popular impresionante. Los sandinistas no eran perfectos. Tenían su buena dosis de arrogancia y su filosofía política contenía diversos elementos contradictorios.

Pero eran inteligentes, racionales y civilizados. Emprendieron la tarea de establecer una sociedad estable, decente y plural. Se abolió la pena de muerte. Devolvieron la vida a cientos de miles de campesinos empobrecidos. Más de cien mil familias obtuvieron títulos de propiedad de tierras. Se construyeron dos mil escuelas. Una impresionante campaña de alfabetización redujo el analfabetismo de la nación a menos de una séptima parte. Se instauró la educación gratuita y un servicio de sanidad gratuito. La mortalidad infantil se redujo en un tercio. Se erradicó la polio. Los Estados Unidos denunciaron estos logros como una subversión marxista/leninista. A los ojos del gobierno de los EE.UU., se estaba dando un ejemplo peligroso. Si se permitía que Nicaragua estableciese normas básicas de justicia social y económica, si se permitía que elevase el nivel de atención sanitaria y de educación y que alcanzase la unidad social y su dignidad nacional, los países vecinos harían las mismas preguntas y querrían las mismas cosas. Había en ese momento, claro, una feroz resistencia contra el status quo en El Salvador.

(...)

Los Estados Unidos habían derrocado el gobierno democráticamente elegido de Guatemala en 1954 y se calcula que más de 200.000 personas habían sido víctimas de las sucesivas dictaduras militares. Seis de los jesuitas más destacados del mundo fueron salvajemente asesinados en la Universidad Centroamericana de San Salvador en 1989, por un batallón del regimiento Alcatl entrenado en Fort Benning, Georgia, EE.UU. Aquel hombre extremadamente valeroso, el arzobispo Romero, fue asesinado mientras decía misa. Se calcula que murieron 75.000 personas. ¿Por qué las mataron? Las mataron porque creían que era posible una vida mejor, y debía conseguirse. Esa creencia los identificaba inmediatamente como comunistas. Murieron porque se atrevieron a cuestionar el status quo, la extensión sin fin de pobreza, enfermedad, degradación y opresión que habían heredado al nacer. Los Estados Unidos derrocaron por fin al gobierno Sandinista. Costó algunos años y considerable resistencia pero una persecución económica sin tregua y 30.000 muertos finalmente minaron la determinación del pueblo nicaragüense. Estaban exhaustos, y la pobreza había golpeado de nuevo. Volvieron los casinos al país. Se acabaron la sanidad y la educación gratuitas. Volvió la gran empresa con fuerzas redobladas. La "democracia" había triunfado.

Pero esta "política" en modo alguno se restringió a Centroamérica. Se ejerció por todo el mundo. Era inacabable. Y era además como si no hubiese tenido lugar. Los Estados Unidos apoyaron y en muchos casos engendraron a cada una de las dictaduras derechistas del mundo tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. (...) ¿Ocurrieron? ¿Y son en todos los casos atribuibles a la política exterior de Estados Unidos? La respuesta es, sí, ocurrieron, y son atribuibles a la política exterior americana. Pero no hay manera de saberlo. No sucedió. Nunca ocurrió nada. Incluso en el momento en que estaba sucediendo, no sucedía. No pasaba nada. No interesaba.

Los crímenes de los Estados Unidos han sido sistemáticos, constantes, salvajes, y no ha habido remordimiento, pero de hecho muy pocas personas han hablado de ellos. Hay que concedérselo a América. Ha llevado a cabo una manipulación absolutamente clínica del poder a escala mundial, mientras se presentaba con el disfraz de una fuerza del bien universal. Es un acto de hipnosis muy logrado, brillante, incluso ingenioso. (...) Se vende genial. Oigan a todos los presidentes americanos decir por la televisión "el pueblo americano", como por ejemplo en la frase "Le digo al pueblo americano: es hora de orar y de defender los derechos del pueblo americano, y le pido al pueblo americano que confíe en su presidente en la acción que va a emprender por el bien del pueblo americano". Es una estratagema deslumbrante. En realidad el lenguaje se está empleando para impedir el pensamiento. La expresión "el pueblo americano" proporciona un almohadón de tranquilidad auténticamente voluptuoso. No necesitas pensar. Simplemente échate en el almohadón. Puede que el almohadón esté ahogándote la inteligencia y la capacidad crítica, pero es muy cómodo. Esto no se aplica, por supuesto, a los cuarenta millones de personas que viven bajo el umbral de la pobreza, ni a los dos millones de hombres y mujeres encarcelados en el vasto gulag de prisiones que se extiende a través de los EE.UU.

Los Estados Unidos ya no se molestan en organizar conflictos de baja intensidad. Ni ven la necesidad de ser reticentes, o indirectos. Ponen las cartas sobre la mesa sin temor ni duda. Sencillamente no les importan un carajo las Naciones Unidas, la ley internacional ni las críticas disidentes, a las que consideran impotentes e irrelevantes. También llevan del cordel un corderito que les anda detrás, la patética y mansa Gran Bretaña.

(...) He dicho antes que los Estados Unidos hoy no tienen ningún reparo en poner las cartas claramente sobre la mesa. Es así. Su política oficialmente declarada se define ahora como "dominio de todo el espectro". El término no es mío, es de ellos. El "dominio de todo el espectro" significa control de tierra, mar, aire y espacio y todos los recursos asociados a ellos.

Estados Unidos ocupa ahora 702 instalaciones militares en 132 países a lo largo y ancho del mundo, con la honrosa excepción de Suecia, naturalmente. No sabemos cómo lo han conseguido, pero allí están, en efecto. Estados Unidos posee 8.000 cabezas nucleares activas y operativas. Dos mil están en alerta máxima, listas para dispararse en 15 minutos. Está desarrollando nuevos sistemas de fuerza nuclear, conocidos como revientabúnkers. Los británicos, siempre dispuestos a ayudar, proyectan reemplazar sus propios misiles nucleares Trident. ¿A quién, me pregunto yo, apuntarán? ¿A Osama bin Laden? ¿A ustedes? ¿A mí? ¿A Perico Los Palotes? ¿A China? ¿A París? ¿Quién sabe? Lo que sí que sabemos es que esta demencia infantil – la posesión y la amenaza de uso de armas nucleares – está en el centro mismo de la filosofía política americana actual. Debemos recordarnos a nosotros mismos que Estados Unidos está en alerta militar continua y no da señales de relajación.

Muchos miles, si no millones, de personas en los Estados Unidos están claramente hartos, avergonzados y airados por las acciones de su gobierno, pero tal como están las cosas no son una fuerza política coherente (todavía). Pero no es probable que disminuyan la angustia, la inseguridad y el miedo que vemos crecer a diario en los Estados Unidos. (...) (...) Cuando nos miramos a un espejo pensamos que la imagen que nos mira se ajusta a la realidad. Pero muévete un milímetro y la imagen cambia. En realidad estamos viendo un conjunto infinito de reflejos. Pero a veces un escritor tiene que romper el espejo–porque el otro lado del espejo es el lugar desde donde nos está mirando la verdad.

Creo que a pesar de las inmensas dificultades que existen, es necesaria una determinación intelectual firme, inquebrantable, feroz, la determinación, como ciudadanos, de definir la auténtica verdad de nuestras vidas y nuestras sociedades – es una obligación crucial para todos, un imperativo real. Si una determinación tal no toma cuerpo en nuestra visión política no tenemos esperanza de restaurar lo que ya casi se nos ha perdido – la dignidad del hombre.

(Traducción española de José Ángel García Landa y Beatriz Penas Ibáñez) Fragmentos tomados de:

http://estafeta-gabrielpulecio.blogspot.com/2010/01/harold-pinter-arte-verdad-y-politica.html

Fuente: Fírgoa

"Los crímenes de los Estados Unidos han sido sistemáticos, constantes, salvajes, y no ha habido remordimiento, pero de hecho muy pocas personas han hablado de ellos. Hay que concedérselo a América. Ha llevado a cabo una manipulación absolutamente clínica del poder a escala mundial, mientras se presentaba con el disfraz de una fuerza del bien universal"